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Etapa inflacionaria de la corrupción

Etapa inflacionaria de la corrupción
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Etapa inflacionaria de la corrupción

Froilán Casas Ortiz

¿Qué es la inflación en términos económicos? Es la pérdida del poder adquisitivo de la moneda: más billetes por menos compras. Una moneda es fuerte cuando supera los avatares de la oferta. Pues bien, aplicado a la ética, a la moral: el terrible flagelo de la corrupción ha entrado en una etapa en la que no causa rechazo. Pareciera que nos estamos acostumbrando a la asquerosa deshonestidad. Hemos llegado al cinismo de admirarla, ¡qué descaro ético! Se aplica aquello del: vivo vive del bobo. ¡Qué horror! Cuanto desgreño y robo en la contratación pública. Una cultura ética debería rechazar en los círculos sociales a los corruptos, hay que castigar socialmente a esa plaga. No basta que las “ÍAS” lo hagan. Deberíamos tener repugnancia tratar a los corruptos. San Pablo nos dice en una de sus cartas que si los cristianos no tratáramos a los malvados, tendríamos que irnos del mundo, -así de grave estaba la situación social de aquella época-, a los honestos nos toca infortunadamente tragarnos muchos sapos. Hay tanta desfachatez en la administración del erario, -obviamente hay funcionarios probos y honestos-, que los honestos resultamos unos especímenes raros, frente a tanta barbarie. Por favor, no hay que bajar la guardia, como decía Alma Grande, Gandhi, es más grave el pecado de los honestos cuando callan el pecado de los malvados. La historia nos muestra, por desgracia, que quienes se atreven a ir contra la corriente de la corrupción, mueren víctima de las balas asesinas de los implicados en los sucios negocios o en los nefastos torcidos. Muy a pesar nuestro, solo la sangre genera un cambio de paradigma, paradoxal, pero es la realidad. Como se afirma popularmente: quien se mete de redentor, muere crucificado. ¡Qué triste realidad! Lo más cínico de todo es que algunos descaradamente corruptos se presentan como adalides de la moralidad y muchos tontos se tragan el anzuelo. ¡Ah! La necesidad tiene cara de perro. Quién lo creyera: a mayor pobreza, mayor corrupción. ¡Cómo se utilizan a los pobres para cuadrar jugosas fortunas!, -creyéndose los salvadores de la humanidad-. ¡Qué sofisma de distracción! Yo veo en mi amado país a una sociedad enferma que se está acostumbrando a la corrupción. Hay corruptos a quienes se les condecora y se presentan a las juventudes como los prohombres de la honestidad. ¡Qué engaño! La gente no suele ser crítica, vota sin criterio. Se repite la historia de la conquista en donde a los aborígenes se les atraía con espejo. ¿Cuáles son los nuevos espejos? El dinero fácil, la compra del proceso, el soborno en la contratación, la venalidad del funcionario de turno y lo peor aún, la pérdida de la conciencia moral. Los ciudadanos honrados nos sentimos inermes ante el colosal poder del mal. Cobardemente nos replegamos en el silencio y así el corrupto, encuentra el terreno llano para cometer todas sus fechorías. ¡Qué creatividad para el mal! Algunos tienen una inteligencia aterradora para ingeniarse todas las triquiñuelas con el fin de lograr sus intereses mezquinos. Como cristiano hago un soliloquio: “menos mal que hay infierno”. Esta es una sociedad cómplice que todo lo tolera.

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