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El control previo

El control previo
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El control previo

Froilán Casas Ortiz

He visto que quieren volver al control previo en términos de la misión que tiene la Contraloría General de la República. Eso tiene su más y su menos. Ante tanta corrupción en el sector público, pareciera, entonces, que si se controla de antemano la ejecución presupuestal, habría trasparencia en la ejecución del gasto público. ¡Ah¡, por favor, la fiebre no está en las sábanas. Mientras no haya ética en la conciencia de los seres humanos, todo esfuerzo será en vano. Mientras no haya cambio en el disco duro, todo esfuerzo quedará en buenas intenciones. Hay una deformación en la educación, desde el mismo hogar, luego alimentado en la escuela, en la cultura reinante: el vivo vive del bobo, no dé papaya y la que le den, aprovéchela. En ese orden de cosas, ¿cuándo tendremos un país honesto? La cultura del pillaje aparece por doquier: la impunidad campea en todos los estratos. Los discursos contra la corrupción abundan, el problema es de fondo, pero ¿quién le pone el cascabel al gato? Por favor, ¿quién tiene la solvencia moral para que emprenda un cambio de mentalidad? Por doquier se encuentran ollas podridas. ¿A cuántos a quienes se les escuchan grandes discursos sobre la honestidad y la trasparencia, están untados de corrupción? Aparentemente estamos en un callejón sin salida. Mientras no haya medidas contundentes, claras e imparciales, la corrupción seguirá haciendo carrera. Por favor, acabemos con el discurso demagógico, propio de resentidos y fracasados que se presentan como mesías salvadores del país, erradicando el  horrible flagelo de los torcidos y mordidas que se dan a todos los niveles. ¿Resultados? Cero. Por favor, deje señor elector de repetir el trillado discurso que la corrupción está en la clase política. Usted es corrupto cuando le exige al candidato almuerzo, trasporte, camisetas y hasta dinero para votar por él (ella), o condiciona su voto a un cargo público. El voto está teñido de inmoralidad. Pero claro, si faltan dirigentes con suficiente solvencia moral que se lancen, no a ganar sino a madurar la democracia, incluso sacrificando su propia vida política, hablándole al pueblo claramente. No se trata de hablar lo que le “gusta” a la gente, se trata de corregir en la gente la lacra de la inmoralidad en el manejo de la cosa pública. Dañar los parques, las escuelas, las calles, tirar la basura a la calle, invadir el espacio público, la contaminación visual y auditiva, el irrespeto a las normas de tránsito, el comprar a un agente de movilidad, el buscar padrinos para salvarme del comparendo, el parapetarse en un cargo por aquello que soy de carrera administrativa y a mí no me puede cambiar nadie, ¡ah!, y de paso pertenezco al sindicato y soy intocable; mientras no se cambien esas malditas costumbres, todo será en vano y así haya control previo, continuaremos padeciendo la asquerosa corrupción, que para algunos, como no se hace nada, no se castigan los delitos, entonces, entonces mejor, si no puedes contra tu enemigo, únete a él. ¡Qué tristeza! Sigamos soñando ser Nueva Zelanda, Japón, Corea del Sur, Singapur, los países nórdicos, Suiza, incluso Chile y Uruguay.

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