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Humanos contra máquinas

Humanos contra máquinas
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Humanos contra máquinas

Por: Fermín Beltrán Barragán

En una perspectiva evolucionista alguna vez fuimos cazadores, como depredadores cualquieras de las estepas africanas, nuestras herramientas fueron las manos, los sentidos, la astucia, la sagacidad. Corríamos tras la presa y la atrapábamos para devorarla y sobrevivir.

Otra vez fuimos recolectores como los monos, buscábamos las hoja frescas, las frutas, las bayas silvestres, las bajamos de los árboles para comerlas, luego nos acurrucábamos en los riachuelos para tomar el agua ahuecando las manos y saciar la sed, esa sensación incontrolable qué entonces no tenía nombre.

Y un día, por necesidad de sobrevivir, soporte prístino de la innovación, descubrimos las primeras herramientas, una ramas, unas piedras, y nos dimos cuenta que teníamos ventaja para cazar y para alcanzar los frutos. Y así llegamos a inventar la agricultura, para acercar los frutos y vegetales y también inventamos la cría de las pequeñas especies de animales  y nos hicimos “dueños de la tierra”.

De las herramientas pasamos a las máquinas, de la creatividad al diseño, descubrimos la electricidad, la química, la ciencia, entonces no nos bastó el planeta, nos sentimos dueños del universo, líderes cósmicos y, con la aviación y la astrofísica empezamos la conquista del espacio, mientras multiplicábamos los descubrimientos y dábamos nacimiento a la electrónica y a los datos, nos hicimos digitales y creamos internet como una red gigante  que nos conecta  como nodos en una inmensa telaraña.

Con la automatización y los robots, nos empezamos a sustituir en algunos oficios, hicimos máquinas más precisas y sin emociones, que hacen tareas complejas y así llegamos al extremo de pensar que es posible la inteligencia artificial y que las máquinas van a pensar y nos pueden destruir. ¿Será posible? ¿Inventamos nuestro propio fin?

¡Me resisto a creerlo! Una máquina nos puede ganar en precisión, en la acumulación organizada de datos,  pero no en las emociones, no tendrán el sentido del humor,  no se podrá reír con la espontaneidad de un niño, ni mirar a los ojos con la profundidad de un joven, ni abrazar con la ternura sabia del abuelo.

Se perderán miles de puestos de trabajo, pero nacerán miles de oportunidades, lo fundamental es entender que la educación cambió, que no se puede educar de la misma manera, que hay que darle sentido humano y ecológico a la pedagogía, para tener más momentos felices. Las máquinas no podrán superar el movimiento dancístico de una joven del trópico, ni los ritmos musicales que vinieron desde África, las máquinas no tienen piel ni sensaciones. ¡Aún tenemos el control! ¡Dejemos que las máquinas hagan su trabajo, para el cual las inventamos,  nosotros sigamos aprendiendo y desarrollando aquello en lo cual somos insuperables!

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