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¿El derecho a vivir?, ¿o la condena a morir?

¿El derecho a vivir?, ¿o la condena a morir?
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¿El derecho a vivir?, ¿o la condena a morir?

Luis Alfredo Ortiz Tovar

Sin que la vida se catalogue como el único derecho fundamental que debe garantizarse y respetarse, este resulta ser esencia para el desarrollo y materialización de cualquiera otro.

La vida es inviolable, lo predica nuestra Carta Política, y de ahí en adelante un cardumen de instrumentos jurídicos internacionales. Pero vaya contradicción, el respeto por la preservación de este derecho es retazo, casi que hilacha. Cincuenta millones de personas que bien o mal contados hoy tiene Colombia, hacen parte de los vivos que al tiempo son quienes ponen los muertos. En las grandes capitales, los hay porque el asaltante roba para lucrarse, y termina en satisfacción, apuñalando  a la víctima, o disparándole. Esta estadística es diaria, casi que cada hora. En la periferia, como el Chocó, o la Guajira, los muertos se suman por montones, en cuya mayoría son niños que desnutridos, y sedientos, inocentemente van a los cementerios a sumar cruces, con la reciprocidad del lucro (vuelve otra vez) de quien le dijeron que gobernara, y entendió que era gobernarse para enriquecerse. En los campos, actores y no actores de la guerra, participan de esta sumatoria, y del desconocimiento de este derecho, pareciendo entender que la esencia del conflicto es matar, y no ganar. Las masacres que recorren (aún) los lugares más olvidados, multiplican la desgracia. Los líderes campesinos, y comunidades indígenas, no son excepciones, por el contrario, de manera exponencial vienen “aportando” al dolor de la muerte. Treinta y siete fuentes más pueden sumarse a este horror de contar en la violación del derecho a la vida. Nos convertimos al parecer en Homo Sacer…es decir aquel a quien cualquiera mata, y cuya muerte a nadie incumbe.

No es posible que tan solo las familias sean los dolientes de tanta muerte injusta. El mayor doliente además del prójimo es el Estado a quien más debe interesar esta masacre colectiva, que por razones disímiles hacen de la nación no un escenario de solidaridad y fraternidad, sino de llanto y desolación.

Un Estado que sea Estado, debe preocuparse por la sustancia de él, el ser humano, y todos sus esfuerzos deben ir a la satisfacción de sus necesidades, o al menos a evitar que sus propios agentes incluso, y terceros se conviertan en verdugos de sus paisanos, y terminen sustrayéndoles la vida. Un Estado que comprenda el dolor de la injusticia, debe mirar a sus poderes, y a sus funciones para que cumpla con la razón para lo que fueron creados. Un Estado debe dimensionar los fines de él, que casi siempre terminan en el bien común, y no en el mal común.

Estado, vele por sus integrantes, que no son las instituciones, sino las personas, ellas deben estar al servicio de estas. Así nos uniremos, y velaremos porque no hayan más entierros injustos.

 

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