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Jorge Luis Borges, “Yo judío”

Jorge Luis Borges, “Yo judío”
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Jorge Luis Borges, “Yo judío”

David Alejandro Rosenthal

Es el señor Jorge Luis Borges reconocido a nivel mundial como literato y poeta, también como filósofo y autoridad en temas. Autor de invaluables piezas y un verdadero defensor de Israel y de los judíos. Fue inspirado por la sabiduría judía y reconocedor de la biblia. tuvo variedad de amigos hebreos y fue a Israel en sus primeros años como invitado del premier Ben Gurion. Escribió El Aleph y de Ficciones. Considerado como uno de los padres de la literatura universal del Siglo XX. Con innumerables reconocimientos por todo el mundo, siempre lamento no haber sido judío.

Le dijo a quién fue el primer ministro israelí David Ben Gurion, con quien tuvo un histórico encuentro en Buenos Aires: «Más allá de los azares de la sangre, todos somos griegos y hebreos». Borges hacia publica su admiración por la sabiduría judía, en especial de la filosofía de Baruch Spinoza, holandés y judío sefardí. Fue una de las más fascinantes mentes de la filosofía occidental. También hacía eco de su admiración y fascinación de la cábala hebrea, en especial de Gershom Scholem, autoridad del tema y de Martin Buber en segunda instancia.

El antisemitismo no perdona a nadie. Es así que el mismísimo Borges fue culpado y casi enjuiciado de ser judaizante y de origen hebraico. Pero, así mismo se defendió de la forma más sagaz y solemne, dejando tanto la pregunta como la respuesta abierta. Enalteciendo el honor del pueblo hebreo y en realidad de una forma muy sutil y refinada dejo a los espectadores confundidos y dispersados entre sus maliciosas contiendas y pretensiones.

“Yo judío”

“Como los drusos, como la luna, como la muerte, como la semana que viene, el pasado remoto es de aquellas cosas que puede enriquecer la ignorancia —que se alimentan sobre todo de la ignorancia. Es infinitamente plástico y agradable, mucho más servicial que el porvenir y mucho menos exigente de esfuerzos. Es la estación famosa y predilecta de las mitologías.

¿Quién no jugó a los antepasados alguna vez, a las prehistorias de su carne y su sangre? Yo lo hago muchas veces, y muchas no me disgustó pensarme judío. Se trata de una hipótesis haragana, de una aventura sedentaria y frugal que a nadie perjudica —ni siquiera a la fama de Israel, ya que mi judaísmo era sin palabras, como las canciones de Mendelssohn. Crisol, en su número del 30 de enero, ha querido halagar esa retrospectiva esperanza y habla de mi «ascendencia judía, maliciosamente ocultada». (El participio y el adverbio me maravillan).

 Borges Acevedo es mi nombre. Ramos Mejía, en cierta nota del capítulo quinto de Rosas y su tiempo, enumera los apellidos porteños de aquella fecha, para demostrar que todos, o casi todos, «procedían de cepa hebreo-portuguesa». Acevedo figura en ese catálogo: único documento de mis pretensiones judías, hasta la confirmación de Crisol. Sin embargo, el capitán Honorio Acevedo ha realizado investigaciones precisas que no puedo ignorar. Ellas me indican el primer Acevedo que desembarcó en esta tierra, el catalán don Pedro de Azevedo, maestre de campo, ya poblador del «Pago de los Arroyos» en 1728, padre y antepasado de estancieros de esta provincia, varón de quien informan los Anales del Rosario de Santa Fe y los Documentos para la historia del Virreinato —abuelo, en fin, casi irreparablemente español.

 Doscientos años y no doy con el israelita, doscientos años y el antepasado me elude. Agradezco el estímulo de Crisol, pero está enflaqueciendo mi esperanza de entroncar con la Mesa de los Panes y con el Mar de Bronce, con Heine, Gleizer y los diez Sefiroth, con el Eclesiastés y con Chaplin.

 Estadísticamente los hebreos eran de lo más reducido. ¿Qué pensaríamos de un hombre del año cuatro mil, que descubriera sanjuaninos por todos lados? Nuestros inquisidores buscan hebreos, nunca fenicios, garamantas, escitas, babilonios, persas, egipcios, hunos, vándalos, ostrogodos, etíopes, dardanios, paflagonios, sármatas, medos, otomanos, bereberes, britanos, libios, cíclopes y lapitas. Las noches de Alejandría, de Babilonia, de Cartago, de Menfis, nunca pudieron engendrar un abuelo; sólo a las tribus del bituminoso Mar Muerto les fue deparado ese don”. (Borges, Yo, judío, 1934)

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Fue esta a forma de poema y con gran sagacidad la respuesta del gran Borges a sus detractores antisemitas que hacían eco en la época del auge nacional socialista alemán que golpeaba también a la Argentina. País que luego albergaría a líderes nazis de renombre que luego serían capturados en su territorio, el caso más conocido fue el de Adolf Eichmann.

Jorge Luis Borges fue un apasionado por el judaísmo. Además de este grandioso poema en defensa de si y de la tradición hebrea, se dedicó en su vida a investigar temas como el de la mística judía, es decir, la cábala. Estudio la obra de la máxima autoridad académica del tema, Gershom Scholem. A raíz de esto dio una muy docta conferencia llamada: Siete noches. Claro está que se inspiró en la novela de Gustav Meyrink, llamada El Golem y publicada en el año 1915. Borges se fascino por la antigua historia del Golem, aquella criatura que hizo el Rabino Yehuda Löw ben Becalel, hoy Republica Checa. Este grandioso cabalista reconocido en la época por sus artes místicas, inspiraría una leyenda hasta hoy mágica.

 

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